No es fácil vivir en el Perú y tener sueños. Ser lírico y pensar que “todo será diferente”, “mejor”, es un ejercicio casi inútil entre nosotros. Al final uno corre el riesgo de sentirse bobo, idiota, hasta extraterrestre. Quizá sea por eso que la gente que camina por las calles apenas sonríe. Vivimos pensando más en sobrevivir, en defendernos del otro, antes que “perdiendo el tiempo” imaginando, pensando que algo puede ser distinto.
La navidad que pasó soñé que iba a ser especial. Lo sería en virtud a mi promesa de cambiar, de disfrutar de ese espíritu al que siempre me resistí. Tenía el firme propósito de liberar demonios añejos. Quería compartir con mis hijos cada instante. Quería verlos felices al abrir sus regalos, verlos sonreír al lado de su papá. Ese era mi sueño pero olvidé que uno no puede dejar de estar en permanente estado de alerta, ante aquellos que tienen la indecente misión de despertarte de un zarpazo certero. El 23 por la noche, luego de haber dedicado el día entero en los preparativos para la noche buena, llegué a casa con mis hijos y descubrí que me habían robado. Habían entrado y vaciado mi casa casi por completo. Incluso se habían llevado los regalos que reposaban debajo del árbol de navidad. Lo peor no fue mi desilusión. Lo más triste no fue imaginar a los ladrones riéndose de lo bobo que fui. Lo más lamentable fue constatar el desconcierto de mis hijos, su ofuscación. Ver en sus caritas que se daban cuenta que nada iba a salir tal como soñé, como les hice creer, me demolió.
Los acosté prometiéndoles que todo sería distinto a la mañana siguiente. Llamé a la policía y lo que siguió parecía inspiración de Ionesco: El técnico que viajaba en la camioneta de serenazgo me preguntó si los trabajadores del grifo vecino habían visto algo. Le dije que no tenía la menor idea. “Seguramente que no, esos nunca saben nada, pero igual ha debido preguntarles”, me dijo con cierta sorna. ¡¿Yo?! Exclamé lleno de bronca. El policía ni se inmutó. Me sugirió que me acercara a la comisaría al día siguiente para obtener una copia de la denuncia y se marchó sin más. Pasé el resto de la noche recogiendo y ordenando lo que quedaba, tratando de que el despertar de los chicos no fuera tan funesto. Al día siguiente había que cambiar chapas, reforzar la seguridad, ir por más regalos, no sé...
En el desayuno apenas si hablamos. Los tres estábamos ensimismados. Volví por mis fueros y traté de animar el ambiente prometiendo que pese a todo, esa navidad sería la mejor. Me estaba esforzando. Quería hacer que los niños se olvidaran del lamentable suceso. Pero la realidad volvió a llamar a mi puerta. “De la DIVINCRI, señor. Venimos a levantar las huellas. Espero que no haya movido nada”. Le traté de explicar al encargado que a mí nadie me había dicho algo sobre aquél procedimiento y que no quería que mis hijos vieran todo el reguero producto del robo a plena luz del día. “Entonces no hay nada que hacer”, me cortó el policía impaciente. “Firme aquí y estampe su índice derecho a un lado. Aquí tiene el tampón. Buenos días”.
La comisaría, horas más tarde, fue otra historia. “Si quiere la copia de su denuncia, traiga una especie valorada”, me ladró un guardia que ni siquiera se molestó en levantar la nariz de su viejo cuaderno. Le dije contenido que además de ser 24 de diciembre era domingo. ¿Dónde iba a encontrar un Banco de la Nación abierto? “Vaya usted a la comisaría de Miraflores, entonces”. Y váyanse ustedes a la mierda, pensé mientras me marchaba molesto.
Aquella noche mis hijos y yo nos fuimos a un hotel. Cenamos. Abrimos los regalos. Les dije a los chicos cuánto los amaba. Les dije que pese a todo lo ocurrido, lo importante era estar juntos. Creo que les salvé la noche, aunque no estoy demasiado seguro. Viéndolos dormir pensaba en lo humillado y dolido que me sentía. Pensaba en qué demonios decirles cuando en algún momento de sus vidas me digan que tienen planes, ilusiones, sueños. Me imaginaba respondiéndoles que los realicen lejos de aquí. Que este país no valía la pena y que no se hicieran ilusiones de que esto cambiaría.
Han pasado los días. Hoy estoy más calmado y reflexivo. Sigo pensando que es un disparate tener sueños en este país. Pero hoy creo que debo hacer algo para que ello sea factible. La cara de tristeza y desilusión de mis hijos será el motor que me empuje a hacer que soñar sea posible entre nosotros. Aún no sé cómo lo haré pero necesito hacer esto por ellos. Tal vez en el intento también ayude a que más gente sonría en las calles. Sólo espero no estar (otra vez) soñando en vano.
NO ES FACIL VIVIR EN EL PERÚ Y SOÑAR
LUIS VETE DE VACACIONES
“¡Luis, vete de vacaciones!”, era el mensaje que desde la vitrina de un spot televisivo me instaba a arrancarme hacia algún lugar del Caribe, para pasar unos días de ensueño. Convencido, y arrastrando un cansancio laboral digno de caballo de bandido, tomé mi BISA (billete, indumentaria playera, sayonaras y acelerador solar) y decidí pasar unos días en Varadero… una playa pegadita al muelle de Huanchaco en Trujillo.
Luego de ver el último hit cinematográfico en versión pirata a desiveles infrahumanos. Después de haber soportado la tortura de los PRRIIIII de los radio-teléfonos, (posesión que les permite a algunos cretinos conversar a viva voz como si a todos nos interesaran sus asuntos privados), y tras haber sufrido el mayor concierto de ronquidos nocturnos que he escuchado en mi vida, llegué a la capital de La Libertad a eso de las 7 de la mañana. Pese a estar destruido y mal dormido, mis ganas de pasar unas merecidas vacaciones, seguían intactas.
“¡¿Veinte soles?!”, pregunté exaltado al taxista que pretendía llevarme al reputado balneario trujillano por esa suma. “Es que queda bien lejos, pues señor”, argumentó el taxista sonriente, viéndome como si fuera un exagerado luego de que le dije que por ese precio, me regresaba a Lima. Como sea que deseaba descansar mi atribulada alma de trabajador dependiente, depositando mis pies en la arena y bañarlos en el frío mar de Grau, me subí al taxi sin discutir más.
Ya en Huanchaco le pedí al taxista que me dejara ahí no más, en una playa que según un cartel se denominaba “Huancarute”. Quería andar un tanto. Absorber la atmósfera de esa tibia (aún) mañana de febrero. Compenetrarme con el espíritu del balneario más popular de Tru-- “Jefe… ¿no tendrá otro billetito? Este de veinte, no pasa, caballero”, interrumpió mis pensamientos el taxista. “Está rotito, aquí, ¿ve?”. Y fue entonces que caminé, sí, pero para rogar, implorar, que me reciban y cambien un billete de cien. Entré a casi todas las bodegas y las panaderías abiertas a esa hora. Entretanto, el taxista dormitaba en el interior de su auto desde donde bramaba Camilo Sexto su clásico “… jamás he dejado de ser tuyo, lo digo con orgullo, tuuuyoooo nada más”, por las bocinas tan destartaladas como el Ford Escort versión 82 que me trasladó desde la estación de bus. “Debe agradecer en todo caso, que no lo han secuestrado ni asaltado”, me dijo la gentil señora que quiso cambiarme el billete, luego de que le comprara, diez panes inflados con bromato, un cuarto de jamonada polaca y un pomo de yogurt a punto de vencer. Sonreí y pensé que qué me podría pasar en una tranquila ciudad del interior. A fin de cuentas, venía de Lima, la verdadera jungla.
Me instalé en un pequeño hostal ribereño y salí a darle finalmente el encuentro al mar.
“Playa El Varadero”, leí en un cartel que coronaba una fila de caballitos de totora, parapetados contra el muro del malecón. El paisaje no era lo que me imaginaba y tenía muy poco de su referente cubano. Entre restaurantes apiñados, microbuses y combis, que a esa hora empezaban ya a reclamar pasajeros, el lugar tenía nada de aire caribeño y sí mucho de sincretismo entre San Bartolo, Pucusana y Agua Dulce.
Bajé a la arena y caminé por la orilla. Paseé la mirada por la orilla, donde habían carpas de muchachos que dormían la mona, acompañados naturalmente de sus parejas. Avisté algunas guapas turistas. Pensé que en Agua Dulce no abundan las gringas, ni mucho menos se puede acampar sin recibir la visita de atracadores y violadores, así que concluí que un lugar donde deambulaban sin sobresaltos desprevenidas gringas y acampaban despreocupados muchachos, tenía que ser un lugar especial. Tranquilo. Por eso no me interesó siquiera sortear latas de cerveza vacía arrugadas, vasos descartables, bolsas y bolsitas de diferente tamaño y color que yacían desperdigadas por la arena, entremezcladas con las corontas de choclo recientemente rasuradas. No me importó incluso estar a punto de cortarme el pié con el vidrio roto de una botella de ron. Tal vez era el pequeño precio que había que pagar. Vacacionar en el Perú tiene esos inconvenientes pero es más llevadero para el bolsillo que el Caribe, Cartagena o Santo Domingo, a donde uno tiene que acceder endeudándose como Dios sabe y manda. Y para deudas uno tampoco está, no señor. En este país se puede pasarla espectacular, además de comer bien y barato. Gastón, tienes razón: ¡el Perú es el paraíso! ¡Sí, señor!
Tirado en la arena boca arriba planeaba mi día. Más tarde unas cervecitas, un cebichito, ¿unas clases de surf? “¡Za za zá, moviendo el cuerpito, za za zá, moviendo el culito za za zá…!” ¿Qué rayos es eso? ¿De dónde salía esa música? Me había quedado dormido sin percatarme que uno de los restaurantes del malecón, (distante unos 30 metros), había estirado sus dominios territoriales transportado sus mesas y sillas hasta la playa, a escasos dos metros de mí. Claro, era imposible que no trajeran también su bulla infernal. Descubrí además cómo poco a poco la playa se había empezado a llenar de autos y taxis que, en medio del sol de febrero, degustaban sendos potajes, roseados por incontables botellas de cervezas. Y claro, en medio de ese ambiente playero, el Grupo Cinco y Mc Francia se rompían la garganta desde el interior de Ticos, moto-taxis y combis. “Algo de comer, caballero, una cervecita heladita, alguna cosita”, me inquirió un mozo diligente. “Sí, quiero escuchar tan solo el mar, ¿puedo?”.
“Maestro, pedí un arroz con pato y estos son frejoles con cabrito”, le reclamé fastidiado al mozo. “Guitaaaarra, tú que interpretas en tu gritar mi quebranto, tú que recibes en tu madero mi llanto”, gritaba la Allyón desde un parlante vecino. “Usted no es de acá, ¿diga?”, me respondió indiferente el muchacho. Le dije que no, que era de Lima, que estaba de vacaciones. Que por favor apurara con mi pedido y que me trajera una cerveza helada, que esa estaba caliente. “Es que esa ya la abrí, joven”. Me dijo obvio. ¿Y eso a mí qué me importa? ¿Cómo voy a tomar una cerveza caliente en pleno verano?”, le dije. “Esa es la más fría que tenemos. El pedido ha llegado recién”. Insistí: “¿y qué hay de mi arroz con pato?”. “Ya no queda, caballero”.
Ok, ok… no queda más que dormir. Mañana será otro día. Me preguntaba cómo diablos hacía Rafo León para disfrutar del Perú en su “Tiempo de Viajes”, si a uno le traen una cerveza caliente y lo miran con cara de raro, cuando pides la música a niveles razonables. Será cuestión de acostumbrarse, de adaptarse, pensé. Si todos disfrutan, ¿por qué yo no? “¡Corazones SIN-CEROS, Corazones GUE-RREROS, Corazones TRAI-CIO-NEROS…!”. La voz de Daddy Yankee y los bajos estruendosos de su música me levantaron de la cama donde apenas me había echado. “Es de aquí al lado, señor. Es un pub donde están celebrando San Valentín”, me explicó el encargado del hotel. “¿No celebra, usted?”. Celebraría si pudiera agarrar a ese maldito Valentín para estrangularlo y colgarlo de las aspas del ventilador de mi habitación.
Quería pasar mis días en contacto con la naturaleza, con los referentes trujillanos tradicionales, y lo más alejado a aquello conocido como “cultura de consumo”. Pero quería almorzar por lo menos un día en paz. Sin ruido. Así que me aproximé a uno de los modernos malls que han abierto en Trujillo para buscar un referente citadino que me devolviera el equilibrio. Entré a una franquicia experta en pizzas y escuché las frases en las que me reconocía como citadino, “mi nombre es Helen y seré quien la atienda esta tarde”. “Helen”, le dije, “¿por qué no prenden el aire acondicionado? Esto es un horno”. “Ah, es que está malogrado”, me dijo sonriente y se alejó dejándome el menú. Está bien. Era capaz de descender al infierno con tal de tener un almuerzo sin ruido. En paz. “¡¡Atrévete, te, te, te, salte del closet, Escápate. Levántate, ponte hyper!!”. La gente de Calle 13 se había apoderado de la cocina y cantaba junto a mozos y cocineros. Esto ya era demasiado.
“Aquí hay un trujillano”, fue lo primero (y último) que leí de un pequeño letrero que colgaba del parabrisas del primer taxi al que me subí molesto. Trataba de huir del ruido, pero… “…sí, señor. Palmas y cajón, con chicha de moche vamos a brindar”, ladraba una marinera desde los cuatro parlantes del taxi. Estaba a punto de gritarle al chofer mi lamentable existir, sometido a ruidos impensables. Quería confesarle mi calvario. Implorarle que baje el volumen de su equipo. Prometerle que si lo hacía, le compraría un peluche más para que termine de adornar el tablero de su auto en versión kitch. Pero no tuve tiempo. Una cuadra después, cuatro sujetos subieron el auto. “Saludos del pulpo”, me dijeron, antes de meterme el primer puñetazo. Perdiste, tío. Y al final, el que tuvo que guardar silencio, fui yo.
Pude regresar por la buena voluntad de mis amigos del trabajo quienes me enviaron un poco de dinero. Atribulado y agotado con tanto stress, me entregué al sueño sentado en mi puesto número 39 del bus, pese a los radio-teléfonos y a la película pirata de turno. De pronto el estruendo de una de las tantas explosión de “Rambo”, sonó demasiado real. Abrí los ojos instado por mi compañero de asiento. Pensé que estaba soñando cuando lo vi cubierto con un balde de plástico que usaba a modo de casco. Levantando su improvisado casco tímidamente, me dijo urgido que me cubra. Apenas quedaban enteras dos lunas del bus y una era la mía. ¿Qué? “Nos atacan, señor, ¿no ha oído usted hablar del paro agrario?”.
Esto ya era demasiado. La próxima vez me endeudo y me largo (de verdad) al Caribe.
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TESTIMONIO DE UN COMUNICADOR
Debe haber sido un tanto chocante para mis padres cuando les dije que quería ser actor. Las tardes dedicadas al teatro luego del horario escolar, fueron momentos que aún recuerdo nostalgia. Los ensayos, los días previos a la función, el estreno a sala llena, con los amigos, la familia, el colegio entero, son instantes que marcaron de manera especial mis últimos años de secundaria. El teatro, la interpretación dramática, me había dado de manera muy incipiente, una forma distinta de ver la vida, de expresarme. Por eso estaba decidido. Iba a ser actor. Mis padres asumieron con prudencia mi determinación. Me aconsejaron (sabiamente), no desligarme definitivamente del camino de las artes, pero sí que estudiara en una universidad. A fin de cuentas, un profesional con un cartón se defiende mejor en la vida, me aseguraron.
Ciencias de la Comunicación fue la carrera que se aproximaba de manera directa a mi vocación.
En la Universidad, descubrí nuevas maneras de expresión, nuevas herramientas, y el universo de posibilidades que pensaba eran infinitas, ahora se multiplicaban casi de manera exponencial.
Durante mis estudios descubrí que más allá de la actuación, me fascinaba la idea de ser escritor y guionista. Empecé con los diversos encargos y ejercicios de los mismos cursos y poco a poco empecé a tener cierta fama de “escritor”. Solía ayudar a amigos que tenían dificultades con sus guiones y eso me abrió las puertas para mis primeras prácticas y trabajos fuera de la Universidad. Antes de terminar la carrera, caí en el entusiasmo generacional de ser “cineasta”, de dirigir mis cortos, hacer “mi” película. El entusiasmo quedó ahí. Sin embargo ello me empujó a trabajar en una productora de comerciales, donde descubrí otra manera de llegar a la gente. Vender “algo” a través de imágenes, contar “algo” en treinta segundos, expresar “algo” en piezas minúsculas. Fue la primera vez que algo “mío”, se veía en la pantalla y llegaba al gran público. Pero mis deseos de aprender, no quedaron ahí. De la publicidad salté a la cámara de prensa. Trabajé como reportero televisivo como camarógrafo de un magazín político. Fueron meses muy intensos y aleccionadores. Pero luego de un año haciendo “primicias” y “destapes periodísticos”, entendí que eso no era lo mío y volví a la escritura. La responsabilidad de escribir los guiones de un programa con un presupuesto nunca antes visto en la televisión peruana, me tomó a penas entrado en los veintes. Felizmente estuve a la altura de aquél encargo y “Nubeluz” se convirtió en un fenómeno a nivel mundial. Aquél éxito me abrió las puertas para desarrollarme como profesional y aterrizar en lo que de veras quería: escribir. Los años siguientes fui dejando de lado mis intenciones de ser “cineasta” y me afiancé como “guionista”. Las telenovelas empezaban a ser un mercado interesante y me subí al coche de aquél boom de los noventas. “Luz María”, “Isabella”, “Pobre Diabla”, “Milagros”, “Soledad”, “Luciana y Nicolás”, “Besos Robados”, fueron las novelas que más satisfacciones me han dado. Llegar a un público de millones de personas en América Latina, Europa y Asia, es una de las grandes satisfacciones que mi carrera profesional me ha brindado.
La docencia empezó casi sin darme cuenta y siempre en paralelo con mi desempeño profesional. Siempre fui un profesor más empírico que teórico. Siempre procuré volcarle a mis alumnos mis experiencias adquiridas “en la calle”, casi, casi, de manera inmediata. (Iba del canal de televisión o de la productora a mis clases en la universidad y las experiencias vividas se convertían prácticamente en materia del día).
Los años siguientes me han permitido transitar por una infinidad de empresas, asesorándolas en temas de comunicación. He trabajado haciendo y dirigiendo vídeos institucionales para una infinidad de entidades. He trabajado en Los Angeles, California, en una empresa dedicada a elaborar contenidos para pod-cast: una verdadera revolución tecnológica que ya está llamando a nuestras puertas.
Ceo que contrariamente a lo que se piensa, la carrera de Ciencias de la Comunicación está absolutamente vigente y la necesidad de nuevos profesionales está en aumento. Es más, creo que un país como el nuestro, ante los grandes desafíos que enfrenta, se requiere de un mayor número de comunicadores. Regiones como Cajamarca, necesitan a gritos profesionales en Ciencias de la Comunicación que tiendan los puentes necesarios para empezar a resolver los conflictos que existen. No me cabe duda que los comunicadores que estamos formando en la UPN- Cajamarca, serán en un futuro cercano, los grandes promotores del cambio y del desarrollo de su región.
Lo mismo ocurre en otras partes. Lo mismo ocurre en todo el mundo. La visión abierta, el panorama amplio que caracteriza al comunicador, le abre las puertas para trabajar y desarrollar su carrera en una infinidad de empresas. Yo mismo soy un ejemplo de ello. Más allá de ser visto como un profesional sesgado, el comunicador es percibido como un persona que puede ser asimilada por cualquier institución y aportar activamente en beneficio de la empresa.
En un país con los índices de desempleo que tenemos, el comunicador tiene la gran ventaja de poder trabajar casi en cualquier empresa.
Los prejuicios que hay en contra del comunicador, son mitos que irán cayendo de a pocos, porque carecen de total sustento.
¿Mis padres? Se sienten muy orgullosos de mí. Se sienten felices de ver al hijo que quería ser actor, en un profesional graduado en Ciencias de la Comunicación, absolutamente logrado y exitoso.
Publicado por Luis Felipe en 10:35 0 comentarios
LAVOE
El salsero Willie Colón, que junto a Lavoe integró uno de los binomios más importantes de la salsa, supo describir a su compañero en un homenaje póstumo como: "aquel muchacho que aplicó los cantos de Gardel, Felipe Pirela, Ramito y Odilio con los rosarios de la cruz agregándole la malicia de Cheo y Maelo". Héctor Juan Pérez, nacido en el pueblo de Ponce, el 30 de septiembre de 1946, se trasladó a la ciudad de Nueva York a mediados de la década del 60 en busca de fama y fortuna como cantante. Trabajó por algunos meses con la orquesta del percusionista Francisco "Kako" Bastar, logrando grabar como primera voz del coro en el año 1967. El disco saldría al mercado al año siguiente. Pero durante el mismo 67, se produce su unión con el trombonista y arreglista Willie Colón, que redundaría en su primer disco como cantante principal, "El malo". Héctor, con su estilo callejero y desafiante, resultaría el complemento perfecto para la música de Colón, estridente y atrevida para los puristas en la fusión de ritmos.
Del 1967 al 1973 el binomio produce discos como "La Gran Fuga", "Cosa Nostra", "Lo mato", " El Juicio" y los dos volúmenes de "Asalto Navideño". Los mismos son de vital importancia para la solidificación de la salsa como género. Canciones como "Juana Peña", "Barrunto", "Calle Luna, Calle Sol", y "La murga", son sólo algunos de sus éxitos. Luego de casi una década juntos, Willie, incapaz de seguir el ritmo de vida de Héctor, dado a la juerga y el exceso, decide que es mejor que siga cada cual por su lado. Esto coincide con, o tal vez propicia, la estrategia a seguir por el sello Fania, de lanzar a los cantantes de más éxito como solistas, apartados de las orquestas que le dieran fama. La separación es amistosa y no definitiva, pues Colón fue el productor de varios de los álbumes más exitosos de la carrera solista de Lavoe, que comienza en el 1975 con el disco "La Voz". Le siguen los elepés "De ti depende" y "Comedia", que producen éxitos como "Periódico de ayer", de la autoría de Tite Curet Alonso, y la canción que por siempre le definiría: "El cantante", escrita por Rubén Blades. También fue uno de los intérpretes estelares de la Fania All Stars, dando la vuelta al mundo con ellos.
La muerte de su suegra y su hijo, la fractura de sus piernas al saltar por la ventana de su apartamento que se quemaba, abonaba al tormento que intentaba apaciguar a través de las drogas. Todo esto culmina en el 1988. Tras la suspensión de un concierto en Bayamón que marcaría el reinicio de su carrera en la Isla, Héctor se lanza del décimo piso de un hotel de El Condado. No logra suicidarse, quedando malherido e incapacitado de volver a cantar. Transcurre sus últimos años en Nueva York, donde promotores se lucran presentándolo en conciertos cuando apenas podía hablar. A pesar de las ventas generadas por sus discos, Lavoe se vio en condición económica precaria. Murió el 29 de junio de 1993. Héctor Lavoe es considerado el mejor sonero, después de Ismael Rivera "El Sonero Mayor". Su carisma en tarima y su don de gente fuera de ella, le ganaron la idolatría de su fanaticada, que casi le venera como un mártir de la rumba y la calle. "Héctor le podía mentar la madre a todo el mundo y el público se reía. Lo malcriaron", señaló Willie en una ocasión. Famoso por llegar tarde a sus compromisos, Héctor solía decir que "yo no llego tarde, el público llega muy temprano", en su canción "El Rey de la Puntualidad". En el escrito citado al principio de esta breve biografía, Willie le describe como "graduado de la Universidad del Refraneo con altos honores, miembro del Gran Círculo de los Soneros, poeta de la calle, maleante honorario, héroe y mártir....por eso lo bautizaron como 'El Cantante de los Cantantes".
Publicado por Luis Felipe en 10:34 0 comentarios
HOMBRE PAR
¿Quién no soñó alguna vez de niño con tener una capa para poder volar? ¿Quién no quería poseer súper poderes para acabar con los malvados del planeta, y de paso romperle la nariz al abusivazo que tenía paralizado a medio colegio? Yo siempre fui de los primeros en soñar así. ¡Quería ser especial! ¡Quería volar! Aún hoy recuerdo la cara de terror de mi madre, cuando me descubría deslizándome por la baranda de la escalera, llevando la funda de una almohada sobre mi espalda.
“El Hombre Par” no era un súper héroe tradicional. Es más, el Hombre Par ni siquiera era un hombre. Era un niño común y corriente llamado Mitsuo. ¿Qué tenía de particular aquél niño? Que un buen día al lecherazo se le apareció un enmascarado venido de otro planeta, para encargarle luchar por la justicia. Desde ese momento el niño se convirtió en el Hombre Par #1 y en el líder absoluto de un grupo de cinco estrambóticos chiquillos súper-héroes. Varias cosas me gustaban de esa serie. Entre ellas el kit de artefactos que el alienígena le encargó a Mitsuo y al resto del team: un casco-máscara (que les daba la fuerza), una capa, un comunicador e forma de "P" (en épocas en las que no existían los celulares, el artefacto era casi tan fantástico como la capa) y un robot (el cual asumía la personalidad de quien presionaba su nariz). En la imaginación de un niño como yo, no solo me hubiera encantado tener esa capa, sino que hubiera dado lo que sea para poder tener un robot que me haga las tareas. (Confieso que aún ahora sigo esperando que alguien me regale un robot así).
Cuando la serie apareció, eran tiempos de estatizaciones y nacionalizaciones. Tras la toma de los canales 4 y 5, se formó el nefasto TELECENTRO que se sumaba a la señal del estado (sí, en un país donde las dos principales frecuencias privadas estaba en manos del gobierno, también había un canal del estado), para configurar un dial televisivo particularmente pobre. Eran tiempos de programas como PERÚ senteintaintantos, magazín estilo “ómnibus” de los fines de semana, que remataba su programación de cinco horas con el solemne, “Ritmos y Canciones del Perú”, que a fuerza de querer vendernos la música criolla, me hicieron rechazarla por años. Tiempos también de CINCOMANÍA, programa de concursos de preguntas del tipo examen psicotécnico, donde el clímax radicaba en que el ganador, debía embocar una pelotita de ping-pong en un vasito de vidrio del tipo chingana style.
En cuestión de programación para niños, nuestra pantalla era testigo del nacimiento de una pre-estrambótica Yola Polastri y de una pedagógica y aburrida Mirtha Patiño, quienes competían para ganar el espacio dejado por el derrocado Tío Jonnhy, indeseado por el régimen por sus modos y estética pro-yankies.
En ese contexto hicieron su aparición en tropel los animes y series japonesas. En medio de “Sombritas”, “Fantasmagóricos” y series como “Ultramán” y “Ultrasiete”, la presencia de El Hombre Par fue por mí mucho más que agradecida. Es que los dos primeros luchaban contra seres de pesadilla, donde fantasmas, calaveras y muertos vivientes se enfrentaban en un escenario de decadencia surrealista, mientras que los muñecos de esponja de los “ulta” ponjas, sinceramente me aburrían.
El Hombre Par y sus historias naif, añadían un toque de “color” a las tristísima programación infantil en blanco y negro de mi generación, y le daban sentido a mi temprana teleadicción. La serie no trataba solo de un niño súper héroe. La trama tenía un plus. “Algo” que no solo movía las fibras más finas de mi imaginación, sino también las embrionarias hormonas de mi crecimiento. Ese “algo” era la relación que existía entre Mitsuo y Yatsuko, a la sazón, el Hombre Par # 4, la única mujer del grupo.
Creo que he visto todos los capítulos del Hombre Par. Creo que ha sido la primera y única vez en mi vida que he visto sin protestar repeticiones de repeticiones. El universo particular de aquél niño me cautivaba. Su relación con su familia, con sus obligaciones cotidianas (las que burlaba con el uso estratégico de su robot), generaban en mí una identificación casi natural. Por si fuera poco, la relación especial que Mitsuo, el Hombre Par # 1, sostenía con Yatsuko, la niña sabelotodo del grupo, me enganchaba particularmente. Ella siempre cuestionaba el liderazgo de Mitsuo quien desconocía la verdadera identidad de aquél budinazo insoportable (recuerden que siempre llevaba un casco puesto). De quien Mitsuo estaba perdidamente enamorado, era de la bellísima estrella del cine infantil llamada Nobuko Suzuki. ¡Esa sí que era una mujer! ¡Nada que ver con la espesa Yatsuko! ¡Nobuko era su musa! Un ángel en la tierra a la que Mitsuo espiaba flotando sobre la ventana del segundo piso de su casa, gracias a la ayuda de su capa. (¡Cuánto hubiera dado yo por tener esa capa!). Bueno pues, resulta que un buen día, la insoportable Yatsuko revela su verdadera identidad: ella es nada más y nada menos que la linda Nobuko. ¡La estrella de cine! ¡La mujer a la que Mitsuo amaba! Juro que esa revelación me causó tal estremezón que me impidió dormir varias noches. Un cliff hanger notable donde uno no puede esperar al día siguiente para saber qué pasará con la trama. ¡Ni siquiera la confesión de Dar Vader a Look Skywalker años después me removió tanto! En aquellos albores de mi pre-pre-pubertad, hice mía la fascinación de mi héroe favorito por aquella muchacha. Juro que pese a contar tan solo con diez años de edad, también me enamoré de esa niña. Juro que deseé desde el fondo de mi corazón encontrar a mi propia Nabuko. ¡Yo me sentía el Hombre Par, y por tanto quería correr con la misma suerte!
Han pasado los años y aún recuerdo esos dibujos animados, con singular cariño. A fin de cuentas El Hombre Par me mostró de alguna manera lo que significaba enamorarse de verdad. Hoy a mi edad, y tras una larga vida de sinsabores románticos, pienso que tal vez para enamorarse y no equivocarse, hay que mantener la ilusión que uno siente de niño. O siendo más prácticos, para enamorarse sin pasarla mal tal vez haya que tener toda la suerte de un súper héroe de verdad. Es que toda mujer, siempre se esconde tras una insoportable Yatsuko. A la verdadera mujer, a la bella, a la idealizable, tal vez solo le se le puede descubrir mientras uno la contempla en silencio, volando con nuestra propia capa, sobre la ventana de una habitación… para dejarla ahí, sin descubrir quién es en verdad.
GENERALIDADES
Producido en 1967-1968, Blanco y Negro con 12 minutos en cada capítulo.
Creado : Fujiko Fujio (padre también de otra famosa serie: Doaremon)
Productora : Studio Zero / TMS (Tokyo Movie Shinsha).
Exibido en Hispanoamérica entre 1973 y 1982.
"Paaman" (nombre en Japonés) significa "aprendiz de Superman.Hubo otra temporada realizada a color entre 1983 y 1985 y que tuvo más éxito que la primera en Japón, sin embargo no se comercializó en el extranjero. En pleno siglo XXI El Hombre Par regresó, esta vez para el cine en 2 películas estrenadas en 2004 y 2005.
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HE LLEGADO A PENSAR QUE A NADIE LE IMPORTA
A nadie le importa que un transeúnte infeliz aplaque su necesidad de miccionar en medio de la calle y a plena luz del día. A nadie parece importarle que lo haga incluso en una avenida doble, dándole con desfachatez la cara al tráfico.
A nadie le importa la contaminación auditiva en la que vivimos. En un semáforo, por ejemplo, basta un micro segundo de demora, para que el batahola de bocinazos se desate. ¿A nadie le provoca revelarse ante esto? ¿Nadie quiere hacer nada ante el escándalo de megáfonos anunciando la venta de “papaya fresca cacerita”, ante las cornetas de heladeros y los estruendosos hits del momento a ritmo pirata, entre otras abominaciones auditivas?
A nadie parece importarle tampoco que micros, taxis y colectivos detengan su marcha a mitad de cuadra (o a mitad de nada), ni que lo hagan a la derecha o a la izquierda de la calzada (en realidad para ellos da igual). A nadie le irrita que estos cretinos hagan maniobras tan descabelladas como querer retroceder en plena avenida principal, voltear abruptamente a la derecha, cuando su indicador marca la izquierda, o incluso ir en contra del tráfico por querer ganar dos metros de avenida (“el petróleo ta´caro, pues chocherita”). Tampoco importa que micros y taxis esperen a su clientela en segunda y hasta en tercera fila, porque para esta gente el “yo” es más importante que el “ellos”.
A nadie le importa el complejo de llama que ostentamos los peruanos. Y no estoy haciendo una comparación peyorativa o racista con nuestro emblemático auquénido. No. Pasa que al parecer existe un concurso nacional de escupitajos. ¿Quién gana este evento? Supongo que quien escupe más veces, más lejos y con mejor estilo (mis favoritos son los que lucen una pose viril, sujetando sus intimidades con una mano, mientras ejecutan el lanzamiento salibar al estilo de un metro sexual de esquina).
A nadie le importa tampoco las muestras de “hombría”, de “picardía”, de nuestro “yo mismo soy”, puesto de manifiesto en cada cruce donde no hay semáforos. Lo más patético es que nos hemos acostumbrado a ellos. Ese criollazo, “meto la puntita y entra todo” es nuestro absurdo pan de cada día. En cada cruce temerario, el “yo no freno porque yo no arrugo”, se convierte en la versión nacional del libre flujo del yin y el yan. Esa es la “inteligencia” peruana que ponemos de manifiesto a diario, la misma que lejos de catapultarnos hacia el sider espacio de los vivos, no hace más que devolvernos al período cuaternario.
A nadie parece importarle la contaminación, el smog, los ambulantes, la falta de árboles, la ausencia de una cultura de preservación de nuestro patrimonio. A nadie le importa el caos, la informalidad que nos inunda, con su invasión de piratería en el más amplio sentido de la palabra. Ese esquema tan peruano y absurdo del “yo hago lo que me da la gana”, es la gráfica más patética y cercana del apócrifo verso “largo tiempo el peruano oprimido”. Sí, oprimidos por nuestras pobre manera de ver las cosas, por el poco respecto que nos tenemos los unos con los otros, por la paupérrima autoestima que nos ahoga. Es que nos regimos por un solo mandamiento peruano-universal el “no pasa nada, hermanito” y su precepto máximo, “estamos en el Perú, pues varón”, que nos lleva a usar buses camión, a inventar paraderos informales, a improvisar mercados en plena calle. No hablo de barrer ambulantes, taxistas o transportistas inescrupulosos. No hablo de generar una corriente de aniquilamiento neo-nazi o promover un “cholocausto”, como propugnan algunos grupos de “vecinos ilustres” de esta ciudad. Las sociedades mutan, se mueven, eso es obvio. Las pirámides sociales, no han sido construidas con piedras milenarias e inamovibles como las de Kéops, sino que están hechas de gente que está en permanente movimiento. De lo que hablo de le necesidad de adaptarnos a los cambios, de mejorar nuestro entorno, de educar, de promover cultura, valores humanísticos, etc. Hablo de generar una conciencia de sociedad, de un pensamiento común, que mal que bien nos congreguen en torno a “algo” más “nuestro”. Que vayamos más allá del orgullo de tener un título fatuo de “Maravilla del Mundo”. Hablo de generar, de industrializar un concepto tal elemental como aparentemente inalcanzable llamado “sentido común”.
Venimos creciendo a un ritmo sostenido y esperanzador. Lo llaman “El milagro Peruano”. Pronto, de seguir así, estaremos al nivel de Chile y México. A no ser que algo tan peruano como la “mala suerte” nos embista nuevamente, daremos un paso gigantesco en nuestro desarrollo económico. ¿Estaremos preparados mentalmente para ingresar a este siguiente nivel? Me meto que sin educación la respuesta es un no rotundo y contundente… pero eso a nadie le importa.
Publicado por Luis Felipe en 10:29 0 comentarios
FUE EN LA MATINÉE - (TAL VEZ SE PUEDA TITULAR ASÍ)
Fue en la matinée, de un cine atestado de gente. En la platea del Primavera, hace 25 años, conocí por primera vez a alguien llamado Stanley Kubrick. “El Resplandor” me tomó por asalto en los albores de mis 15, sentado en el piso alfombrado de una sala a punto de reventar. Sujeto del brazo de mi novia trujillana, (también la primera), soporté con “hombría” los arrebatos a hachazo limpio de Nicholson y los mares de sangre de sus diabólicas mellizas.
El mismo verano del `81, fui testigo en el teatro Municipal, de una de las peores películas, de Steven Spielberg, aunque aún no sabía que lo era: “1941” Una parodia naif e irrelevante sobre la Segunda Guerra Mundial que recuerdo me aburrió soberanamente. Qué lejos estaba Spielberg aún de la magnífica “El Imperio del Sol”. Mi recuerdo más rescatable de aquella vermouth intrascendente fueron los balcones barrocos del Municipal, y la madera del piso de la platea, que brillaba de limpio pese a la oscuridad de la sala.
Semanas después, en una noche de bausa y calor, llegué hasta el cine Ayacucho. Allí asistí al estreno de lo que vendría a convertirse en una película de culto de la “serie B”: “Martes 13”… siempre quise pensar que tal vez fue Jason y no yo, quien espantó ese efímero amor adolescente, (Carlita, ¿qué será de tu vida?).
Pero Trujillo no fue sólo mi iniciación como cinéfilo entusiasta o enamorado de fracasos recurrentes. Fue mucho más.
En Las Delicias, por ejemplo, descubrí el sonido maravilloso de “algo” llamado Pink Floyd. Entre vasos de cerveza (los primeros, naturalmente, aquellos que se debatían entre los “no se debe” de los padres ausentes y el “toma no más” de los amigos de turno), escuché por vez primera los acordes sinuosos y la propuesta progresiva de “The Wall”. La electricidad que sentí aquella tarde de verano, es la misma que siento hoy cada vez que escucho nuevamente aquella maravillosa pieza musical llena de vida, pasión y protesta, “… hey, teacher, leave those kids alone!”.
¿Quién se puede jactar de haber flirteado por primera vez a ritmo de marinera? La Retreta de los domingos en la Plaza de Armas, era el momento ideal, el lugar perfecto para poner a prueba nuestros incipientes flirteos virginales. Luego de dar vueltas y vueltas, de cruzar miradas estrenando nuestra sonrisa más sensual repleta de bozo, regresábamos a casa para ametrallarnos con los clásica inseguridad adolescente: “¿Realmente se habrá fijando en mí?”; “No sé si caerle”; “¿Querrá estar conmigo?”
Los primeros besos saben mejor cuando están empapados de candor, amor y descubrimiento. Los primeros romances, los primeros “sís”, los inciales “nos”, (aquellos pequeños logros y fracasos alborales que son tan solo la antesala de los verdaderos dolores), se recuerdan por siempre y se guardan en un especialísimo rincón del corazón.
Si a ellos les ponemos el marco maravilloso de una ciudad como Trujillo, no sólo yacen dormidos descansando en aquél delicioso baúl, sino que palpitan cada tanto con la nostalgia de saber que aquellas imágenes de ensueño, no son parte de alguna ajena ficción, sino los sucesos reales que uno vivió en el umbral de la primera juventud.
25 años después he vuelto a Trujillo.
¿Qué han hecho con la ciudad de mis recuerdos? ¿Dónde está aquél majestuoso lugar de calles tranquilas y señoriales? ¿Dónde quedaron los rincones románticos, las esquinas de poncianas primaverales? ¿Dónde está la verdadera Trujillo? ¿Dónde? Si alguien lo sabe, si alguien conoce a aquél que la tiene secuestrada, pregúntele si me la puede devolver.
Publicado por Luis Felipe en 10:27 0 comentarios